Balcones


¿Y tú? ¿Hace cuánto que no ves una habitación desnuda? Estará llena de objetos pero tú sabes que tiene frío. Una botella de cerveza vacía, tazas acumuladas de café y toallas sucias. Todo guarda una quietud de tormenta, de reloj sin pila. Jurarías que está más pálida que de costumbre. Quizá no lo jurarías. No. Ni siquiera hablarías con nadie de esto. Porque entras y llueve. Y la lluvia es cosa vuestra. 


-¿Nuestra qué? ¿Qué mierda ha sido eso?
-¿Cuál era la pregunta?
- Que hace cuánto no ves una persona desnuda.
- Ah, hace unos diez minutos...o así. Me duché antes de venir.

Pólvora mojada

La ciudad necesitaba héroes y nosotros un mechero. Él tenía una chusta de porro vieja y relamida, un asidero de ansiedades, un comedero por el que ya habían pasado otros perros. Yo tenía una vela que había dejado de oler a lo que se supone que tenía que oler, una luz caducada. En otro momento nos hubiéramos empeñado en obviar nuestras carencias, en prendernos y fumarnos en la cama, en olernos y alumbrarnos. Pero no era el momento ni éramos nosotros. Teníamos nuestras armas, pero éramos pólvora mojada, restos de un fuego artificial. Nos quedamos tirados en el sofá, él sentado, yo tumbada sobre su respiración de acordeón, ambos mirando al techo, como si fuesen a llover soluciones. No decíamos nada, porque hablar nos involucraba. Cualquier palabra se concatenaría con otras tantas hasta llevarnos a la culpa, al dedo en el pecho, al beatus ille y las rosas marchitas. 

 Después de un buen rato así, un rato de domingo aunque era un martes casi miércoles, me levanté con la intención de sacar al perro a la calle porque lo necesitaba aunque el animal no tuviera ninguna gana de moverse y menos de mear. Rebusqué en el cajón donde solíamos dejar las llaves y encontré un mechero. Lo rasqué y nada. Soplé. Pedí un deseo. Y se cumplió porque lo volví a rascar y salió una llama. Fui al salón. El cuadro era el mismo pero él se había escurrido por el sofá como el color de una acuarela a la que le sobran agua, inclinación y tacto. 

 - Eh, mira. He conseguido un mechero. Estaba donde las llaves. Toma, enciéndete el porro. Yo me voy a sacar al gordo, vuelvo en un rato. 

 - Espérame que voy a pillar una chupa, bajo contigo y me lo fumo abajo. 

 Al poco ya estábamos los tres en la calle. El perro como un bendito o quizá porque no sabía qué otra cosa hacer se puso a oler las farolas, dejándonos solos. El frío apretaba como un abrigo pequeño. Él se me arrimó dándome cobijo, tirando de un abrazo el muro de Berlín, acabando con aquella guerra fría. Nos miramos con ganas y con fuerza para que los silencios se acoplaran. Y sin decir nada nos desdijimos y nos pedimos disculpas. Nos dolía mirarnos, pero éramos como polillas que se cercan a la luz aunque les pueda costar la vida. Así pasamos un rato, mirándonos tan solo, quemándonos y rescatando las alas de fénix. Estábamos a un segundo de la palabra cuando el gordo echó a correr calle arriba. Al instante, nosotros detrás, le pisábamos la sombra. Le cogimos pronto y volvimos para casa. De vuelta, en el salón, nos dimos cuenta de que el mechero se debía haber caído en la carrera. Nos importó bien poco. Habíamos vuelto al momento y habíamos vuelto al nosotros. 

Nos salvamos la risa y seguiremos con la ciudad. 

Me sobran los motivos

Acabo de soñar contigo. Ha sido un metasueño. Tú me decías que habías soñado conmigo y que habíamos hecho todo por última vez, conscientes del delito de robarnos la conciencia del presente y abrirnos un paréntesis, porque sí, porque, por qué no si todavía te tengo tantas deudas. Te debo una canción y unos planes para cambiar el mundo y sus periódicos. Las agallas para nadar en una ciudad sin mar, la profecía autocumplida de los buenos días cada mañanaTe debo tres gracias desnudas, una por llegar, otra por llenarme, otra por dejarte llevar. Hacerte bizcocho, hacerte reír, comerte la risa. Un ¡eh que en nada es abril, ¿me lo robas?' .Te debo las flores de mi desierto y los relojes estrechos, los planos contrapicados y el olor de mi ropa. La mancha de tiza en la espalda de mi sudadera de cuando me besaste sobre el muro que aún reza, eres mi rincón favorito de Madrid. Te debo un haber parado el tiro que apuntó a nuestras alas cuando volábamos. Atreverme a pedirte que te quedes a dormir, porque joder,  no sé soñarme si no es a través de ti, si no es contigo.